jueves, 8 de octubre de 2015

Dios el Espíritu Santo Parte IV


- Su Morada y Sellamiento

I. Una nueva característica en el tiempo de la gracia
Aunque el Espíritu de Dios estaba con los creyentes en el A.T. y era la fuente de sabiduría, fortaleza, victoria y dirección para sus vidas, no hay evidencia de que todos los creyentes en el A.T. tenían al Espíritu morando en ellos de forma continua, mientras que sí existen muchas referencias sobre la manifestación del Espíritu de Dios que venía sobre los creyentes del A.T. para un propósito específico.

Ahora bien, hay algunos pasajes en donde se podría afirmar que el Espíritu de Dios estuvo manifestándose en medio de la nación de Israel (Is. 63:11, 14), en diversos personajes bíblicos (Gn. 41:38; Éx. 31:1-5; Sal. 51:11) y en todos los escritores bíblicos del A.T. (2 Ped. 1:19-21; 1 Ped. 1:10-12) y hasta se podría expresar que el Espíritu Santo no tenía morada permanente en todos los creyentes del A.T. como es el caso de los creyentes del N.T que reciben mejores promesas en Cristo. Por consiguiente, en el A.T. no se confirma esta realidad espiritual; de igual forma, Jesucristo evidencia este pensamiento cuando dice a sus discípulos que el Espíritu Santo moraba con ellos pero que estaría en ellos (Jn. 14:17); esto contrasta la situación del A.T. con la edad presente de la gracia. Así pues, el creyente como morada del Espíritu es una característica de la edad presente de la gracia (Ef. 2:19-22) que se repetirá en el reino milenial, pero que no se encuentra en otro período.

II. La morada universal del Espíritu Santo en los creyentes
Aunque la manifestación del fruto, del poder y de la presencia del Espíritu Santo en los cristianos puede variar, la Escritura enseña plenamente que cada verdadero cristiano debe tener al Espíritu de Dios morando en él. El hecho de su morada está mencionado en múltiples pasajes de la Biblia; por tanto, es una verdad confirmada ampliamente por la Palabra de Dios (Jn. 7:37-39; Hch. 11:17; Rom. 5:5; 8:9-11; 1 Cor. 2:12; Gál. 3:2; 4:6; 1 Jn. 3:24; 4:13). Estos textos dejan en claro que después de Pentecostés la obra normal del Espíritu ha sido el morar en cada cristiano salvo y nacido de nuevo.

De igual manera, en Judas 1:19, a los no creyentes (los sensuales, los que viven según sus sentidos y no por la fe bíblica) se les describe como personas que no tienen al Espíritu. Por tanto, todo creyente salvo es un templo y una morada del Espíritu Santo (1 Cor. 6:19, 20).

Se declara repetidamente que el Espíritu Santo es un don de Dios, y un don, por su naturaleza, es algo sin mérito de parte del que lo recibe. De igual manera, el alto nivel de vida que se requiere de los cristianos que quieren caminar con el Señor presupone la presencia interna del Espíritu Santo para proveer la capacitación divina necesaria para hacer la voluntad de Dios.

III. Condiciones en la doctrina del morar del Espíritu
En el A.T. hallamos que el Espíritu de Dios se apartaba de quienes tenían su manifestación debido a una vida de decadencia espiritual y desobediencia abierta contra Dios, como fue el caso de Saúl (1 Sam. 16:14). Por consiguiente, la oración de David es para que no le fuera quitado el Espíritu de Dios (Sal. 51:11), como fue la experiencia de Saúl. Así pues, el Espíritu de Dios, el cual era repartido o manifestado de forma soberana por la providencia de Dios, podría ser quitado según la ocasión. Es más, la Biblia evidencia que la nación de Israel se rebeló contra las leyes de Dios y el Espíritu de Dios se enojó contra ellos, se volvió su enemigo y peleó contra ellos (Is. 63:10), es decir, se apartó de la nación y trajo castigo.

En el N.T. la situación es similar porque un creyente que persiste en el pecado y se rebela contra la voluntad de Dios, está pecando contra el Espíritu Santo (Hch. 5:3), está resistiendo o rechazando su obra (Hch. 7:51), le está contristando y afligiendo (Ef. 4:30), le está afrentando y deshonrando (Heb. 10:29) y el Espíritu de Dios no podrá permanecer morando en su vida. Por eso, cuando un creyente vive en esta condición, la conclusión es que no tiene al Espíritu Santo (Jud. 1:19; 1 Jn. 3:24; 4:13). Entonces, si el Espíritu mora en un creyente, tiene que mostrarse un fruto digno de su carácter, su santidad y su naturaleza divina (1 Ped. 1:2, 22).

En Hch. 5:32 dice: “el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen”. Sin embargo, la obediencia, aquí, es la obediencia al Evangelio, el creer en Cristo y seguir su camino; es decir, cuando un pecador oye el evangelio, cree de todo corazón y se arrepiente de verdad, está obedeciendo a Dios y él depositará su Espíritu para cumplir en el creyente su propósito perfecto.

Por otro lado, la Escritura indica claramente que todos somos parcialmente desobedientes y fallamos de muchas formas aunque poseemos al Espíritu; entonces, su deseo es gobernar nuestra vida, purificar y transformar nuestro corazón, y él conoce a quienes son realmente de Cristo porque hay temor de Dios, respeto, sinceridad y disposición para madurar, crecer y superar cualquier falencia delante de Dios y de los hombres.

IV. El morar del Espíritu en contraste con otras obras del Espíritu
Dado que algunas obras del Espíritu acontecen simultáneamente en el creyente en el momento de su nuevo nacimiento, debe hacerse una cuidadosa distinción entre estas obras del Espíritu. Por consiguiente, el morar del Espíritu no es lo mismo que la regeneración del Espíritu, aunque acontecen al mismo tiempo. De igual manera, la regeneración y el morar del Espíritu Santo no son lo mismo que el bautismo del Espíritu (este punto será tratado en un próximo capítulo). De igual manera, el morar del Espíritu no es lo mismo que la plenitud del Espíritu, puesto que todos los cristianos son morada del Espíritu pero no todos están llenos del Espíritu. Además, el morar del Espíritu sucede en el momento de recibir la salvación y el perdón de pecados, mientras que la plenitud del Espíritu puede ocurrir muchas veces en la experiencia cristiana. Lo que sí se puede afirmar por la Biblia es que el morar del Espíritu es lo mismo que la unción del Espíritu y el sellamiento del Espíritu. Obviamente, el Espíritu Santo sigue manifestándose y provee de unción y poder al creyente durante su vida cristiana, pero en este caso se está refiriendo a recibir la unción cuando se cree en Cristo como Salvador y comienza una nueva vida en el Señor.

Por medio del morar del Espíritu o recibir su unción el creyente es santificado o apartado para Dios. En el A.T. el aceite de la unción material anuncia la unción espiritual presente por medio del Espíritu, siendo el aceite uno de los símbolos del Espíritu:

- Cualquier objeto o persona tocada con el aceite de la unción material era, por lo tanto, santificada (Éx. 40:9-15). De igual manera, el Espíritu ahora santifica a quien recibe su unción espiritual (Rom. 15:16; 1 Cor. 6:11; 1 Ped. 1:2).
- El profeta era santificado con aceite (1 Rey. 9:16); de igual forma, Cristo fue un profeta por el Espíritu (Is. 61:1; Lc. 4:18) y el creyente es un testigo por el Espíritu (Hch. 1:8).
- El sacerdote era santificado con aceite (Éx. 40:15); de igual forma, Cristo fue santificado en su sacrificio por medio del Espíritu (Heb. 9:14), y el creyente es santificado por medio del Espíritu (2 Ts. 2:13).
- El rey era santificado con aceite (1 Sam. 16:12, 13); de igual modo, Cristo el Rey fue santificado por medio del Espíritu (Sal. 45:6, 7), y el creyente está llamado a reinar por medio del Espíritu (Rom. 5:17).
- El aceite de la unción era usado para sanidades (Lc. 10:34); de igual modo, la sanidad del alma en la salvación de Cristo viene por la obra del Espíritu.
- El aceite hace que la cara brille, y se llama el óleo de alegría (Sal. 45:7); además, para ungir se usaba el aceite fresco (Sal. 92:10). Asimismo, el fruto del Espíritu es gozo (Gál. 5:22).
- En el mobiliario para el tabernáculo se especifica el aceite para las lámparas (Éx. 25:6). Asimismo, el Espíritu de Dios es aceite que mantiene encendida la luz de Cristo en el creyente fiel.

El pábilo o la mecha de una lámpara debe tener contacto continuo con el aceite para disponer del combustible suficiente y dar luz permanente; así el creyente debe vivir y andar en el Espíritu (Rom. 8:1-9; Gál. 5:16). El pábilo debe estar libre de obstrucción; así el creyente no debe resistir ni apagar al Espíritu (1 Ts. 5:19). El pábilo debe estar arreglado; así el creyente debe ser limpiado constantemente por la confesión del pecado (1 Jn. 1:9) y por la Palabra de Dios (Jn. 15:3).

El aceite de la santa unción (Éx. 30:22-25) estaba compuesto por cuatro especias añadidas al aceite como base. Estas especias representan todas las virtudes que se encuentran en Cristo. Así, este compuesto simboliza al Espíritu tomando la misma vida y carácter de Cristo y aplicándola al creyente. Este aceite en ninguna manera podía ser aplicado a la carne humana (Éx. 30:32; Jn. 3:6; Gál. 5:17). No podía ser imitado (Éx. 30:32), lo cual indica que Dios no puede aceptar nada sino la manifestación de la vida del Espíritu en Cristo. Además, cada artículo del mobiliario en el tabernáculo debía de ser ungido y, por consiguiente, apartado para Dios, lo que sugiere que la dedicación del creyente debe ser completa (Rom. 12:1, 2).

V. El sellamiento del Espíritu
Como se ha planteado antes, el morar del Espíritu Santo se representa como el sello de Dios en los creyentes convertidos a Cristo en el N.T. (2 Cor. 1:22; Ef. 1:13; 4:30). Este sello del Espíritu es enteramente una obra de Dios. A los cristianos nunca se les anima a buscar el sellamiento del Espíritu, puesto que cada cristiano salvo ya ha sido sellado. El sellamiento del Espíritu Santo, por lo tanto, es universal como la morada del Espíritu Santo y ocurre en el momento de la salvación.

Ef. 1:13 dice: “Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. En otras palabras, el creer y el recibir ocurren al mismo tiempo. No es, por lo tanto, ni un trabajo subsiguiente de la gracia ni una recompensa por la espiritualidad. No obstante, los cristianos somos exhortados a no contristar al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuimos sellados para el día de la redención (Ef. 4:30). Aún cuando pequemos y contristemos al Espíritu (buscando el perdón y la reconciliación continua con Dios), sin embargo, estamos sellados para el día de la redención, esto es, hasta el día de la resurrección o transformación, cuando recibamos nuevos cuerpos y ya no pequemos más; no obstante, el que practica el pecado y persiste en él, aleja la presencia del Espíritu Santo y pierde el sello que ha recibido porque la salvación de Cristo no es efectiva en una persona que no persevera en la fe genuina y que piensa que la gracia es una licencia para pecar. El que tal hace no ha entendido de verdad la obra de Cristo y la obra del Espíritu Santo en su vida, porque no ha permitido que Dios le haga una nueva criatura, una nueva persona, donde las cosas viejas pasan y todo es hecho nuevo (2 Cor. 5:17); otra opción es que haya nacido de nuevo pero que se haya descuidado en su vida espiritual, dando lugar al pecado y perdiendo así la presencia del Espíritu Santo. Así pues, esta persona no puede ver el reino de Dios en su vida hoy ni disfrutará de él en la eternidad porque no entrará al cielo (Jn. 3:3).
Como el morar del Espíritu, el sellamiento del Espíritu no es una experiencia, sino un hecho para ser aceptado por la fe. El sellamiento del Espíritu es una parte tremendamente significativa de la salvación del cristiano e indica su seguridad, y que es propiedad de Dios. En adición a lo anterior, es el símbolo de una transacción terminada. El verdadero cristiano está sellado hasta el día de la redención de su cuerpo y su presentación ante Dios en la eternidad. Tomado como un todo, la doctrina de la presencia moradora del Espíritu Santo como nuestro sello trae gran seguridad y confortamiento al corazón de cada creyente que entienda esta poderosa verdad.

Así como los reyes y sacerdotes eran ungidos y puestos aparte para sus tareas sagradas, de igual forma, el cristiano es ungido por el Espíritu Santo en el momento de la salvación, y por la presencia interna del Espíritu Santo es puesto aparte para su nueva vida en Cristo; por ende, se habla del sello del Espíritu Santo.

En el contexto del N.T., un sello era una marca que le aseguraba a alguien la posesión de propiedad porque confirmaba su autenticidad. Así pues, cuando el Espíritu Santo viene a morar en el creyente salvo, se refleja que pertenece a Cristo y recibe dirección, instrucción y formación en su carácter por parte del mismo Espíritu para mostrar fruto y glorificar a Dios en toda su manera de vivir (1 Jn. 2:20, 27). También se habla de las arras o de las primicias del Espíritu (2 Cor. 1:21, 22; Rom. 8:23); el término arras hace referencia al dinero dado por el comprador como prenda del pago completo de la suma prometida. En este simbolismo, se entiende que el Espíritu Santo es dado al creyente (ahora en la tierra) como primera cuota o garantía para asegurarle que la herencia completa como hijo de Dios será suya más adelante (Ef. 1:13, 14) en el día de la redención, es decir, cuando llegue a la gloria celestial. En otras palabras, el Espíritu es la garantía divina del cumplimiento de todas sus promesas.

En síntesis, la morada del Espíritu es el sello de propiedad que Cristo pone sobre los creyentes y cuando esto ocurre, la unción del Espíritu Santo viene sobre el creyente para enseñarle a ser cada día más como Cristo.

jueves, 1 de octubre de 2015

Dios el Espíritu Santo Parte III


- Su Regeneración

Dado que la vida cristiana de fe comienza con el nuevo nacimiento, la regeneración es una de las doctrinas fundamentales en relación a la salvación. Una definición bíblica exacta de esta obra del Espíritu y un entendimiento de su relación con toda la vida cristiana son importantes para un evangelismo efectivo tanto como para la madurez espiritual.

I. Definición de regeneración
En la Biblia, la palabra «regeneración» se encuentra solamente dos veces. En Mt. 19:28 se usa en la renovación de la tierra en el reino milenial y no se aplica a la salvación en Cristo. Otra referencia está en Tito 3:5: “No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”; aquí sí se aplica al tema que se está planteando. Sobre la base de este texto, la palabra «regeneración» se refiere a la nueva vida, al nuevo nacimiento, a la resurrección espiritual, a la nueva creación y, en general, a que los creyentes participan de la naturaleza divina (2 Ped. 1:4) y reciben como hijos de Dios una simiente incorruptible que los lleva a aborrecer el pecado y a desarrollar el carácter de Cristo (1 Ped. 1:22, 23; 1 Jn. 3:8, 9). El término regeneración implica el origen de la vida eterna en el creyente que se introduce en él cuando cree de verdad en Cristo y comienza un cambio de un estado de muerte espiritual a la vida espiritual en Cristo, es decir, una condición en la cual ya no se quiere pecar, porque el Espíritu Santo guía al creyente a ser como Cristo, a amar la justicia y a odiar la maldad, a orar, a leer la Biblia, a servir a los demás, a perdonar, a predicar a otros de Cristo y a toda buena obra.

II. Regeneración por el Espíritu Santo
Por su naturaleza, la regeneración es una obra de Dios y los aspectos de su veracidad se declaran en las Escrituras (Jn. 3:3-7; Stg. 1:18; 1 Ped. 2:9). De acuerdo a Jn. 1:13, los que son regenerados “no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Además, en muchos pasajes la regeneración se compara con la resurrección espiritual o con recibir vida de Dios (Jn. 5:21; Rom. 6:13; Ef. 2:1-5). También se le compara a la creación de un nuevo ser por cuanto es un acto creativo de Dios (2 Cor. 5:17; Ef. 2:10; 4:24).

Según la Biblia, las tres personas de la Trinidad están involucradas en la regeneración del creyente. El Padre está relacionado con la regeneración en Stg 1:17,18. Al Señor Jesucristo se le revela frecuentemente involucrado en la regeneración (Jn. 5:21; 2 Cor. 5:17, 18; 1 Jn. 5:12). Sin embargo, como en otras obras de Dios donde las tres personas están involucradas pero una de ellas asume la función primordial, el Espíritu Santo es específicamente el Regenerador, como se declara en Jn. 3:3-7 y Tito 3:5. Puede observarse un paralelo en el nacimiento de Cristo, en el cual Dios fue su Padre (porque fue enviado por él y fue llamado Hijo de Dios), la vida del Hijo estaba en Cristo (porque él se hizo hombre y le dio vida a ese cuerpo) y aún así fue concebido del Espíritu Santo (porque él lo engendró en el vientre de María).

III. Vida eterna impartida por la regeneración

El concepto central de la regeneración es que un creyente, el cual en un principio estaba muerto espiritualmente por causa de sus pecados, ahora ha recibido vida eterna en Cristo. Para describir esto se usan tres figuras:
- Nacer de nuevo, o renacer. En la conversación de Cristo con Nicodemo él dijo: “Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7). Este nuevo nacimiento es diferente del nacimiento físico y es posterior a él, como lo confirma Jn. 1:13.
- La resurrección espiritual. Se declara a un creyente en Cristo como «vivo de entre los muertos» (Rom. 6:13). En Ef. 2:5 se declara que Dios, “aún estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo”, literalmente «nos hizo vivos junto con Cristo».
- La nueva creación. El creyente es exhortado: “y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:24). En 2 Cor. 5:17 el pensamiento se hace claro: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Las tres figuras hablan de la nueva vida que se recibe por fe en Cristo y por la obra del Espíritu Santo en la regeneración.

Dada la naturaleza del acto del nuevo nacimiento, la resurrección espiritual y la creación, está establecido en la Biblia que la regeneración no es llevada a cabo por ninguna buena obra del hombre. No es un acto de la voluntad humana en sí misma, y no es producida por ninguna ordenanza de la iglesia tal como el bautismo por agua. Es enteramente un acto sobrenatural de Dios en respuesta a la fe del hombre.

De igual manera, la regeneración debe distinguirse de la experiencia que le sigue. La regeneración es instantánea y es inseparable de la salvación. Una persona salvada en forma genuina tendrá una experiencia espiritual subsiguiente, pero la experiencia es la evidencia de la regeneración, no la regeneración misma. En un sentido, es posible decir que experimentamos el nuevo nacimiento, pero lo que queremos significar con esto es que experimentamos los resultados del nuevo nacimiento y ambos aspectos son diferentes.

IV. Los resultados de la regeneración
La regeneración es el fundamento sobre el cual está edificada nuestra total y eterna salvación. Sin nueva vida en Cristo no hay posibilidad de recibir los otros aspectos de la salvación tales como la morada del Espíritu, la justificación, la reconciliación con Dios, etc. Sin embargo, hay algunas características que son inmediatamente evidentes en el mismo hecho de la regeneración.

Cuando un creyente recibe a Cristo por la fe, es nacido de nuevo y en el acto del nuevo nacimiento recibe una nueva naturaleza. Esto es lo que la Biblia llama el nuevo hombre (Ef. 4:24), del cual se nos exhorta a que «nos vistamos», en el sentido de que debemos participar de esa naturaleza divina y permanecer en el propósito de ser cada más como Cristo. A causa de la nueva naturaleza, un creyente en Cristo debe experimentar un cambio drástico en su vida, en su actitud hacia Dios y en su capacidad de tener victoria sobre el pecado. La nueva naturaleza está modelada en conformidad con la naturaleza de Dios mismo y es algo diferente de la naturaleza humana de Adán antes de pecar, la cual era completamente humana, aunque sin pecado. La nueva naturaleza tiene cualidades divinas, anhela las cosas de Dios, da una nueva dirección a la vida y una nueva aspiración para alcanzar la voluntad de Dios.

Mientras que la regeneración en sí misma es una nueva experiencia con Dios, la nueva vida recibida en la regeneración da al creyente nueva capacidad para servir a Dios y obedecer sus mandamientos:
- Antes fue ciego, y ahora puede ver.
- Antes estaba muerto, ahora está vivo a las cosas espirituales.
- Antes era enemigo de Dios y estaba lejos de su comunión; ahora tiene una base para la comunión con Dios y puede disfrutar de la plenitud del Espíritu Santo.

En la proporción que el cristiano se entrega a sí mismo a Dios y obtiene la provisión de Dios, su experiencia será maravillosa; esto es una demostración sobrenatural de lo que Dios puede hacer con una vida que está rendida a él para darle vida eterna. Así pues, la vida eterna que tenemos ahora se expresa solo parcialmente en la experiencia espiritual, pero tendrá su gozo final en la presencia de Dios en la eternidad.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Dios el Espíritu Santo Parte II

 

- Su Advenimiento

La venida del Espíritu al mundo en el día de Pentecostés debe analizarse en paralelo con su obra en otros tiempos de la historia bíblica. En el A.T. el Espíritu Santo estaba en el mundo como el Dios omnipresente y participó de la creación, entre otros aspectos; sin embargo, él vino al mundo en el día de Pentecostés en forma especial para cumplir un propósito definido en la Iglesia de Cristo en el N.T. Así pues, durante la edad presente, la Biblia muestra que él permanece en el mundo, pero que partirá fuera del mundo (en el mismo sentido como vino en el día de Pentecostés) cuando ocurra el arrebatamiento de la Iglesia. Por ende, con el fin de entender estas verdades sobre el Espíritu Santo, deben ser considerados varios aspectos de la relación del Espíritu con el mundo y con la Iglesia de Cristo.       

I. El Espíritu Santo en el A.T.
A través del extenso período antes de la primera venida de Cristo (su encarnación), el Espíritu estaba presente en el mundo en el mismo sentido en el cual está presente en cualquier parte, y él obraba en y a través del pueblo de Dios de acuerdo a su divina voluntad (Gn. 41:38; Éx. 31:3; Sal. 139:7; Hag. 2:4, 5; Zac. 4:6). En estos pasajes notamos la presencia y la obra del Espíritu de Dios a favor de los creyentes del A.T. pero no se puede decir que moraba en ellos en el sentido que lo describe el N.T. con los creyentes salvos en Cristo (este punto lo analizaremos luego).

Como ya se ha expuesto, en el A.T. el Espíritu de Dios participa en la creación del mundo en unidad con el Padre y el Hijo; igualmente, él tuvo parte en la revelación de la verdad divina a los escritores bíblicos del A.T. (además del N.T.). El inspiró las Sagradas Escrituras y ha tenido un ministerio en general hacia el mundo restringiendo el pecado, capacitando a los creyentes para el servicio y ejecutando milagros. Todas estas actividades indican que el Espíritu Santo estuvo muy activo en el A.T. pero no hay mención de la obra de morar, sellar, regenerar del Espíritu o acerca del bautismo o la plenitud en el Espíritu Santo antes del día de Pentecostés. De acuerdo a ello, podría afirmarse que después de Pentecostés hay una obra mucho mayor del Espíritu de Dios que en las edades precedentes.
  
II. El Espíritu Santo durante la vida de Cristo en la tierra
La presencia encarnada y activa de la Segunda Persona de la Trinidad en el mundo (Cristo hecho hombre) necesitaría la obra del Espíritu, y esto es confirmado por las Escrituras.

- En relación a Cristo, el Espíritu era el poder generador por medio del cual el Dios-hombre fue formado en la matriz virginal de María (Mt. 1:20).
- El Espíritu es visto, descendiendo sobre Cristo en la forma de una paloma, en el momento de su bautismo (Mt. 3:16).
- Al morir en la cruz se revela que Cristo se ofreció a sí mismo a Dios el Padre a través del Espíritu eterno (Heb. 9:14).

Ahora bien, la relación del Espíritu Santo para con los hombres durante el ministerio terrenal de Cristo era progresiva porque Cristo les dio primeramente a sus discípulos la seguridad de que ellos podrían recibir el Espíritu, pidiéndolo (Lc. 11:13). Aunque el Espíritu había venido previamente sobre los hombres de acuerdo a la soberana voluntad de Dios y se manifestó de diversas formas, ésta es una promesa divina que otorga un regalo especial para el creyente y no tiene paralelo en el A.T. Por consiguiente, al término de su ministerio y justamente antes de su muerte, Cristo dijo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn. 14:16, 17). Esto es un privilegio único y exclusivo para los creyentes del N.T. y no fue una experiencia en el pueblo de Israel. De igual manera, después de su resurrección el Señor sopló sobre ellos y dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20:22); pero, a pesar de este anticipo del Espíritu, ellos deberían permanecer en Jerusalén hasta que fueran investidos permanentemente con poder de lo alto (Lc. 24:49; Hch. 1:4).

III. La venida del Espíritu Santo en Pentecostés
Hemos confirmado por la Biblia que el Espíritu, como Dios Omnipresente, siempre ha estado presente en el mundo, pero él vino en el día de Pentecostés a desarrollar un propósito especial en la Iglesia de Cristo y a favor de la humanidad a través de la predicación del evangelio. Así pues, él vino como un regalo del Padre mediante la intervención del Hijo (Jn. 14:16, 17, 26; 16:7).

La importancia de su venida en el día de Pentecostés se comprende en el contexto del N.T. porque él vendría a hacer su morada y cumpliría su ministerio de gracia en el mundo.

Dios el Padre, aunque Omnipresente (Ef. 4:6), es, en cuanto a su morada, el Padre que está en los cielos (Mt. 6:9). De la misma manera, Dios el Hijo, aunque Omnipresente (Mt. 18:20; Col. 1:27), en cuanto a su morada, ahora está sentado a la diestra de Dios (Heb. 1:3; 10:12). Del mismo modo, el Espíritu Santo, aunque Omnipresente (2 Cor. 3:17), en cuanto a su morada, está ahora aquí en la tierra. El hecho de ocupar su morada en la tierra es el sentido en el cual el Espíritu vino en el día de Pentecostés. Así pues, se podría decir que su lugar de habitación fue cambiado del cielo a la tierra porque la Deidad, el Dios trino, siempre ha estado en perfecta unidad (en el cielo y en la tierra); se podría decir que esta venida del Espíritu es similar a la venida de Cristo para tomar un cuerpo humano (en el sentido de que vino a cumplir un propósito). Fue por esta venida del Espíritu al mundo que se dijo a los discípulos que esperaran en Jerusalén hasta recibir esta promesa del Padre (Lc. 24:49). El nuevo ministerio de esta edad de gracia no podría comenzar aparte de la venida del Espíritu divino.

En los capítulos que siguen será presentada la obra del Espíritu en la edad presente que es el tiempo de la gracia en Cristo. El Espíritu de Dios primeramente tiene un ministerio hacia el mundo, como se indica en Jn. 16:7-11 y su tarea es convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio en relación con la obra de salvación de Cristo para preparar a un individuo para recibirlo como Salvador; ésta es una labor especial del Espíritu Santo, en su gracia, la cual ilumina en las mentes de los pecadores, cegados por Satanás, respecto a tres grandes doctrinas:

* El Espíritu le hace entender al hombre que el pecado de la incredulidad en Jesucristo como su Salvador personal es el único pecado que permanece entre él y su salvación. No es cuestión de su justicia, sus sentimientos o cualquier otro factor. El pecado de la incredulidad es el pecado que impide su salvación (Jn. 3:18).
* El incrédulo es informado en lo que concierne a la justicia de Dios. Mientras que en la tierra Cristo fue la viva ilustración de la justicia de Dios, luego de su partida, el Espíritu es enviado para revelar la justicia de Dios hacia el mundo. Esto incluye el hecho de que Dios es justo, y demanda mucho más de lo que cualquier hombre puede hacer por sí mismo, y esto elimina cualquier posibilidad de obras humanas como base para la salvación. Más importante, el Espíritu de Dios revela que hay una justicia obtenible por la fe en Cristo, y que cuando se cree en Jesucristo se puede ser declarado justo, justificado por la fe y aceptado por su fe en Cristo, quien es justo en ambas cosas, su persona y su obra en la cruz (Rom. 1:16, 17; 3:22; 4:5).
* Se revela el hecho de que el príncipe de este mundo, esto es, el mismo Satanás, ha sido juzgado en la cruz y está sentenciado al castigo eterno. Esto revela el hecho de que la obra en la cruz está terminada, que ese juicio ha tenido lugar, que Satanás ha sido vencido y que la salvación es obtenible para quienes ponen su confianza en Cristo.

Estas doctrinas esenciales de la Biblia son confirmadas por el Espíritu Santo en el pecador arrepentido en la medida en que éste se acerca a Cristo a través de las Escrituras; por este motivo, era indispensable que el Espíritu viniera a la esfera del mundo e hiciera de ella su residencia mediante la Iglesia de Cristo. Así como la venida de Cristo (encarnación) fue esencial para la salvación y la reconciliación para todo el mundo (especialmente para aquellos que creerían), la venida del Espíritu Santo fue esencial para hacer efectiva la salvación en los creyentes.

En su venida al mundo en el día de Pentecostés, la obra del Espíritu en la Iglesia tomó lugar en muchos aspectos nuevos y esto será considerado en los siguientes estudios. Por el momento se hará una exposición general y luego se ampliará de forma más detallada:

- El Espíritu Santo regenera a cada creyente y lo transforma diariamente a la imagen de Cristo, es decir, lo hace una nueva creación, una nueva persona que refleje el carácter de Cristo.
- El Espíritu Santo mora en cada creyente que está siendo regenerado y transformado por su poder. Habitando en el creyente, el Espíritu Santo es nuestro sello hasta el día de la redención. Así pues, cada hijo de Dios es bautizado dentro del cuerpo de Cristo por el Espíritu. Todas estas acciones del Espíritu se aplican igualmente a cada creyente verdadero en esta edad presente. En adición a estas obras que están relacionadas a la salvación del creyente, está la bendición del ser lleno del Espíritu y el andar por el Espíritu, lo cual abre la puerta a la plenitud del Espíritu en cuanto al creyente. Estas grandes obras del Espíritu son la llave, no solamente de la salvación, sino también de una vida cristiana efectiva, abundante y victoriosa.

Cuando el propósito de Dios en esta edad de gracia sea completado por el arrebatamiento de la Iglesia con Cristo, el Espíritu Santo habrá cumplido el propósito de su especial advenimiento al mundo y partirá del mundo en el mismo sentido de que él vino en el día de Pentecostés y además, participará en la resurrección de los salvos que han muerto y en el arrebatamiento y la transformación de los salvos que estén vivos cuando Cristo venga por su Iglesia (Rom. 8:11). Puede verse un paralelo entre la venida de Cristo a la tierra para cumplir su obra y su partida hacia el cielo. Como Cristo, sin embargo, el Espíritu Santo continuará siendo omnipresente y seguirá una obra a favor de la humanidad después del arrebatamiento similar a aquella que fue verdadera antes del día de Pentecostés.

La época presente es, de acuerdo a esto, en muchos aspectos, la edad del Espíritu, una edad en la cual el Espíritu de Dios está obrando en una manera especial para llamar a una compañía de creyentes de todo pueblo y nación, de toda lengua y cultura, judíos y gentiles, a formar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Luego, el Espíritu Santo continuará trabajando después del arrebatamiento, como lo hará también en la edad del reino, cuando Cristo venga a reinar mil años sobre la tierra; sin embargo, es probable que en este reinado divino, el Espíritu Santo ejecute en la humanidad gobernada por Cristo las acciones que realizara en el tiempo de la gracia (regeneración, morada, santificación, llenura, entre otras) a fin de que todas las naciones obedezcan, sirvan y adoren a Jesucristo, el Rey de reyes y Señor de señores.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Dios el Espíritu Santo Parte I


- Su Personalidad

I. La importancia de su personalidad
En la enseñanza de las verdades fundamentales relativas al Espíritu Santo debería hacerse un énfasis especial sobre el hecho de su personalidad. Esto es porque el Espíritu no habla ahora de sí mismo; más bien, él habla lo que él oye (Jn. 16:13; Hch. 13:2), y él ha venido al mundo para glorificar a Cristo (Jn. 16:14). En contraste con esto, la Escritura representa a ambos, el Padre y el Hijo, como hablando de sí mismos; y esto, no solo con autoridad final y por medio del uso del pronombre personal Yo, sino que también se les presenta en una inmediata comunión y cooperación el uno con el otro. Algunos han tomado esto de forma negativa y tienden a reducir el valor de la personalidad del Espíritu Santo. Como consecuencia, en la historia de la iglesia, la personalidad del Espíritu fue descuidada por algunos siglos; solo cuando la doctrina del Padre y del Hijo fue definida públicamente, como sucedió en el Credo de Nicea (325 d.C.), el Espíritu Santo fue reconocido con una personalidad en los credos de la iglesia cristiana.

Más tarde, se estableció la verdad escritural de que Dios subsiste o existe en tres Personas diferentes pero no independientes (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). La Escritura es completamente clara cuando manifiesta que el Espíritu Santo es una persona tanto como Dios el Padre y como Dios el Hijo, y aún así, como se ve en el estudio de la doctrina de la Trinidad, las tres Personas forman un Dios y no tres.

II. La personalidad del Espíritu Santo en las Escrituras

1. El Espíritu Santo hace aquello que solo una persona puede hacer:
- El Espíritu convence: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn. 16:8).
- El Espíritu enseña: “El os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14:26). Lea también Neh. 9:20; Jn. 16:13-15; 1 Jn. 2:27).
- El Espíritu clama: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gál. 4:6). Los hebreos dicen “Abba” (palabra aramea) y los griegos dicen “Padre” (“Pater”, palabra griega en el original); ambas expresan una exclamación de reconocimiento a Dios el Padre; el hecho de que se repita el término Abba (Padre), Padre, evidencia el valor y la importancia de invocar al Padre por el Espíritu Santo.
- El Espíritu intercede: “Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles…” (Rom. 8:26).
- El Espíritu habla: “le dijo el Espíritu” (Hch. 8:29; 10:19, 20; 16:6, 7; 20:23).
- El Espíritu guía: “guiados por el Espíritu” (Gál. 5:18; Rom. 8:14).
- El Espíritu señala a los hombres para un servicio específico: “dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch. 13:2; Hch. 20:28).
- El Espíritu está sujeto a un plan específico en la Trinidad (Jn. 15:26).
  
2. Él, como una persona, puede ser influido por otros seres:
- El Padre le envía al mundo (Jn. 14:16, 26) y el Hijo le envía al mundo (Jn. 16:7), ante lo cual él responde favorablemente y se sujeta en unidad y amor a la Deidad, siendo co-igual en todo sentido y aspecto al Padre y al Hijo.
- Los hombres pueden hacer enojar al Espíritu Santo (Is. 63:10), pueden contristarle (Ef. 4:30), pueden disipar su intervención (1 Ts. 5:19), pueden resistirle (Hch. 7:51), pueden blasfemarle (Mt. 12:31), pueden hablar en contra de él (Mt. 12:32), pueden mentirle (Hch. 5:3) y pueden hacerle afrenta u ofenderle (Heb. 10:29). En el caso contrario, también los hombres, en el nombre de Cristo y mediante una fe genuina, pueden alegrarle, atraer su interés, estimular su intervención, aceptar su dirección y su obra, hablar bien de él, alabarle, adorarle y hallar su favor. El Espíritu Santo llama, insiste, interviene pero espera que el corazón del hombre responda a su obra porque conoce cada pensamiento, cada intención, cada palabra y cada obra al detalle (pasado, presente y futuro), y sabe a la perfección qué acontecerá en cada vida; por tanto, no necesita que nadie le ayude o le cuente acerca de lo que hay en el hombre pues él es omnipotente, omnipresente y omnisapiente. Así pues, dejemos que él trabaje a su manera y en su tiempo porque él es todosuficiente.

3. Todos los términos bíblicos relativos al Espíritu implican su personalidad.
- El es llamado «otro Consolador»; esta palabra viene del griego parakletos y significa consolador, intercesor y abogado, lo cual indica que él es una persona, tanto como lo es Cristo (Jn. 14:16, 17, 26; 16:7; 1 Jn. 2:1, 2).     
- A él se le llama Señor en el sentido divino (2 Cor. 3:17). Esta palabra Señor viene del griego kúrios de kúros (supremacía), lo que indica que el Espíritu Santo es supremo en autoridad, es Rey, es Señor, merece todo respeto, adoración, obediencia y amor. Este término también significa soberano, amo, Dios y dueño.
- Los pronombres usados para el Espíritu Santo implican su personalidad y en ocasiones, se le llama el Espíritu (Rom. 8:16, 26) y el Consolador (Jn. 16:7). Además, Cristo habla de él como una persona (Jn. 16:14, 15).

III. Como una persona de la Trinidad, el Espíritu Santo es co-igual con el Padre y el Hijo

- Él es Dios.
* El es llamado Dios (Hch. 5:3, 4).
* El Espíritu Santo habló por medio de todos los escritores de la Biblia (2 Ped. 1:21; Hch. 28:25, 26; Heb. 10:15-17), lo cual demuestra su omnipresencia en todos los tiempos que ellos vivieron y su omnisapiencia para conocer en detalle todo lo que sucede en el pasado, en el presente y en el futuro.

- Él tiene los atributos de Dios
* Participó en la creación de forma activa porque también es Creador en unidad con el Padre y el Hijo (Gn. 1:2; Job 26:13)
* Escudriña todo, aún lo profundo de Dios porque es omnisapiente (1 Cor. 2:9-11).
* Es llamado el Espíritu eterno porque siempre ha existido y siempre existirá (Heb. 9:14).

- El Espíritu Santo ejecuta las obras de la Trinidad
* En la creación de cada ser humano (Job 33:4).
* En la creación de cada forma de vida en la tierra (Sal. 104:30).
* En el lavamiento, la santificación y la justificación de cada creyente en Cristo (1 Cor. 6:11).
* En la dirección diaria de todos los creyentes (Lc. 12:11, 12).
* En el ministerio cristiano de cada iglesia local (Hch. 20:28).

- Se presenta al Espíritu Santo en la Escritura como objeto personal de fe
* Es quien acompaña al creyente fiel en su vida diaria (Sal. 51:11).
* Su nombre es incluido en la fórmula bautismal de Cristo para el nuevo creyente (Mt. 28:19).
* Puede hablar, guiar y capacitar a los creyentes para hacer la voluntad de Dios (Hch. 10:19, 20).

* El también es Alguien a quien se le debe obedecer. El creyente en Cristo, caminando en compañerismo con el Espíritu, experimenta su poder, su guía, su instrucción y su suficiencia, y confirma experimentalmente las grandes doctrinas concernientes a la personalidad del Espíritu, la cual es revelada ampliamente en la Escritura. 

sábado, 19 de septiembre de 2015

Dios el Hijo Parte VII



IV. La obra presente de Cristo en los cielos
En su posición a la diestra del Padre, Cristo cumple las siete figuras que lo relacionan con la iglesia:
- Cristo como el último Adán y cabeza de una nueva creación.
- Cristo como la Cabeza del cuerpo.
- Cristo como el Gran Pastor de sus ovejas.
- Cristo como la Vid Verdadera en relación a las ramas.
- Cristo como la principal Piedra de Ángulo (fundamento) en relación a la iglesia como piedras de un edificio.
- Cristo como nuestro Sumo Sacerdote en relación a la iglesia.
- Cristo como el Esposo en relación a la iglesia como su novia.

Todas estas figuras están llenas de significado para describir su obra presente; no obstante, su ministerio principal es como Sumo Sacerdote, representando a la Iglesia ante el trono de Dios.

Cuatro importantes verdades en su obra como Sumo Sacerdote:
1. Como Sumo Sacerdote sobre el verdadero tabernáculo en lo alto, el Señor Jesucristo ha entrado en el mismo cielo para ministrar como Sacerdote en favor de aquellos que son su propiedad en el mundo (Heb. 8:1, 2). El hecho de que él, cuando ascendió, fue recibido por su Padre en los cielos, es una evidencia de que su ministerio terrenal fue aceptado. El que se sentara a la diestra del Padre indicó que su obra a favor del mundo estaba completada. Ahora bien, el que se sentara en el trono de su Padre y no en su propio trono, revela la verdad, tan constante y consistentemente enseñada en las Escrituras, de que él no estableció un reino humano en la tierra en su primera venida al mundo, pero que él está ahora «esperando» hasta el tiempo cuando aquel reino vendrá a la tierra y lo divino será hecho en la tierra, así como en el cielo.

“Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15). Estas palabras tendrán lugar durante los juicios de Dios sobre la tierra en el tiempo conocido como la Gran Tribulación y serán confirmadas cuando Cristo venga a reinar mil años sobre la tierra.

Además, se cumplirá a cabalidad la palabra profética de Sal. 2:7-12: “Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás. Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; Pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían”.

Mientras este reino universal es manifestado y confirmado en la tierra, Cristo está llamando gente de toda tribu y nación para que sea su pueblo, su cuerpo y su novia, y pronto él volverá a la tierra para reinar sobre todos los hombres y se cumplirá la palabra profética de Hch. 15:15-18: “Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar,  para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos”.

Cristo es un Rey-Sacerdote de acuerdo al tipo de Melquisedec (Heb. 5:10; 7:1-3), él está ahora sirviendo como Sacerdote en el cielo y es Rey de gloria, pero cuando venga otra vez a la tierra será proclamado Rey de reyes en todas las naciones (Ap. 19:16).

2. Como nuestro Sumo Sacerdote, Cristo es el dador de los dones espirituales. De acuerdo al N.T., un don es una capacitación divina traída al creyente a través del Espíritu Santo que mora en él. Es el Espíritu trabajando para cumplir ciertos propósitos divinos y usar a quien él habita para este fin. No es de ninguna manera una obra humana ayudada por el Espíritu.

Aunque ciertos dones generales están mencionados en las Escrituras (Rom. 12:3-5; 1 Cor. 12:4-11; Ef. 4:7-16), la variedad posible es innumerable, puesto que nunca se desarrollan dos vidas exactamente bajo las mismas condiciones. Sin embargo, a cada creyente le es dado algún don; pero la bendición y el poder del don divino serán mayores cuando la vida del creyente está totalmente rendida a Dios y cuando éste los utiliza de forma apropiada (Rom. 12:1, 2, 6-8). Cada don tiene como objetivo servir y cada creyente debe descubrir cómo puede hacerlo mejor, y en qué áreas debe intervenir para cumplir con el plan específico de Dios.

Habrá poca necesidad de exhortación para un servicio honrado por Dios y para aquel que está lleno con el Espíritu Santo, porque Dios estará trabajando en él en ambos sentidos, tanto para querer como para hacer su buena voluntad (Fil. 2:13).

3. El Cristo ascendido como Sacerdote vive siempre para hacer intercesión por los suyos. Este ministerio comenzó antes de que él dejara la tierra (Jn. 17), y está más enfocado en los salvos porque él es su abogado y su mediador ante Dios, aunque incluye a todos los hombres para salvación (Jn. 17:9); además, este sacerdocio continúa en los cielos tanto tiempo como los suyos estén en el mundo. Su obra de intercesión tiene que ver con la debilidad, la necesidad de ayuda y la inmadurez de los santos que están sobre la tierra. Cristo conoce las limitaciones de los suyos, y el poder y la estrategia del enemigo con quien ellos tienen que luchar y por eso, Cristo es Pastor y Obispo (que significa supervisor) para sus almas. Su cuidado es una ilustración de esta verdad maravillosa (Lc. 22:31, 32).

La intercesión sacerdotal de Cristo no es solo eficaz, sino que también es incesante. Los sacerdotes de la antigüedad desaparecieron a causa de su muerte física, pero Cristo, puesto que vive para siempre, tiene un sacerdocio inmutable. La Biblia dice: “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

4. Cristo se presenta actualmente por los suyos en la presencia de Dios el Padre. A menudo, el creyente salvo es culpable de algún pecado que le separaría completamente de Dios si no estuviera de por medio la abogacía de Cristo y la obra que él efectuó por su muerte en la cruz, aunque el efecto del pecado sobre el cristiano es la pérdida de gozo, y poder espiritual. Por otra parte, estas bendiciones se restauran según la gracia infinita de Dios sobre la sola base de la confesión del pecado (1 Jn. 1:9).

Por medio de la presente abogacía sacerdotal de Cristo en los cielos, hay absoluta seguridad de salvación para los hijos del Padre Celestial. Un abogado es aquel que expone y defiende la causa de otro ante los tribunales públicos. En el desempeño de sus funciones de abogado, Cristo está ahora en el cielo, interviniendo a favor de los suyos (Heb. 9:24) cuando ellos pecan (1 Jn. 2:1). Se revela que su defensa la hace ante el Padre, y que Satanás está allí también acusando sin cesar día y noche a los hermanos (creyentes salvos), en la presencia de Dios (Ap. 12:10). Es posible que al cristiano le parezca que el pecado que ha cometido es insignificante; pero no es así para el Dios santo, quien no podría nunca tratar con ligereza lo que representa una ofensa a su divina justicia. Aún el pecado que es secreto en la tierra es un gran escándalo en el cielo. En la gracia maravillosa de Dios, y sin necesidad de que intervenga solicitud alguna de parte de los hombres, el Abogado divino defiende la causa del cristiano culpable, y lo que el Abogado hace para garantizar así la seguridad del creyente está de acuerdo con la justicia divina porque él es llamado, en relación con este ministerio, para abogar por los suyos, y su nombre es «Jesucristo el justo». El defiende a los hijos de Dios con base en la sangre que fue derramada en la cruz, y en esta forma tiene completa libertad para defenderles contra toda acusación proveniente de Satanás o de los hombres y contra todo juicio que en otras circunstancias el pecado impondría sobre el pecador; y todo esto se hace posible porque Cristo, a través de su muerte, llegó a ser la «propiciación por nuestros pecados» (1 Jn. 2:2).

La verdad referente al ministerio sacerdotal de Cristo en los cielos no está de ninguna manera facilitando para los verdaderos cristianos la práctica del pecado. Al contrario, estas mismas cosas son escritas para que no pequemos (1 Jn. 2:1); porque ninguno puede pecar con ligereza o descuido cuando considera el amor divino y la bondad inmerecida que el Padre mostró al enviar a su Hijo al mundo para morir en lugar del pecador; además, el precio de la sangre del Cordero de Dios es algo que nunca debemos olvidar; por otra parte, recordemos la enorme tarea de defensa que a causa del pecado del cristiano tiene que realizar necesariamente el Abogado Cristo Jesús. Todo esto nos hace comprender la dimensión del pecado y como hemos nacido de nuevo, no queremos pecar porque va en contra de la naturaleza divina que hemos recibido; mientras que el creyente falso pretende seguir a Cristo pero practica el pecado de forma reiterativa y con complacencia, lo cual le hace un esclavo de diablo (1 Jn. 3:8).

Puede decirse, en conclusión, que Cristo cumple su ministerio de Intercesor y Abogado para la eterna seguridad de aquellos que ya son salvos en él (Rom. 8:34).

V. La obra presente de Cristo sobre la tierra
Cristo está también obrando en su iglesia sobre la tierra al mismo tiempo que está a la diestra del Padre en el cielo. En numerosos pasajes se dice que Cristo habita en su iglesia y está con su iglesia (Mt. 28:18-20; Col. 1:27). El está en su iglesia porque es quien le da vida (Jn. 10:10; 14:6; Col. 3:4; 1 Jn. 5:12).

Se puede concluir que la obra presente de Cristo es la clave para entender la presente tarea de Dios de llamar a un pueblo para formar el cuerpo de Cristo; así pues, Dios es quien otorga el poder y la santificación a este pueblo para ser testigos de Cristo hasta lo último de la tierra. Su obra presente es preliminar y a ella seguirán los eventos que tienen relación con su segunda venida, lo cual será tema de estudio en otra serie.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Dios el Hijo Parte VI


- Su Ascensión y Sacerdocio

I. El hecho de la ascensión de Cristo
Dios el Padre exaltó a Cristo y Pablo lo describe así: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11).

La resurrección de Cristo es el primer paso en una serie de exaltaciones de Cristo; por tanto, su ascensión a los cielos puede ser considerada como el segundo paso y esta verdad bíblica está registrada en Mr. 16:19; Lc. 24:50, 51 y Hch. 1:9-11.

La pregunta que se ha formulado es si Cristo ascendió a los cielos antes de su ascensión formal; sin embargo, hay varias referencias bíblicas que apuntan a que esto no fue posible; por ejemplo, se citan a menudo las palabras de Cristo a María Magdalena en Jn. 20:17, donde Cristo dijo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Aunque los expositores han diferido en sus opiniones, la mayoría de los estudiosos de la Biblia interpretan el tiempo presente de Jn. 20:17 «subo» como un anuncio de lo que estaría a punto de hacer en un futuro cercano y no como una acción en el presente.

También se cita la tipología del A.T. donde el sacerdote, después del sacrificio, traía la sangre una sola vez al lugar Santísimo (Heb. 9:12, 23-26); por ende, Cristo entró una vez al trono del Padre para cumplir este parámetro divino que se estableció en la Ley de Moisés, anunciando el sacrificio perfecto del Cordero de Dios. Las expresiones en Hebreos de que Cristo entró al cielo con su sangre se traducen más correctamente «por medio de su sangre» o «a través de su sangre»; en otras palabras, la aplicación física de la sangre solo ocurrió en la cruz pero los beneficios de la obra consumada de Cristo al derramar su sangre continúan vigentes a los creyentes durante todo el tiempo de la voluntad de Dios para salvación (1 Jn. 1:7).

Por otra parte, en Hechos 1 se confirma la ascensión de Cristo porque todo el pasaje sostiene completamente el hecho de que Cristo literalmente fue al cielo, tanto como él vino literalmente a la tierra cuando fue concebido y nacido. Hechos 1 usa cuatro palabras griegas para describir la ascensión: «Fue alzado» (v. 9); «le recibió una nube que le ocultó de sus ojos» (v. 9); «El se iba» (v. 10); y «ha sido tomado de vosotros al cielo» (v. 11). Estas cuatro declaraciones son significativas porque en el v. 11 está predicho que su segunda venida será de igual manera; esto es, su ascensión y su segunda venida son visibles, en un cuerpo glorificado y con nubes. Esto se refiere a su venida para establecer su reino, más que al rapto de la iglesia (o también llamado el arrebatamiento).

II. Evidencia para la llegada de Cristo al cielo
La evidencia de la ascensión de Cristo desde la tierra al cielo es completa y este hecho se afirma constantemente en el N.T. Miremos algunos pasajes bíblicos que describen cómo Cristo subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre, exaltado sobre todo nombre: Hch. 2:33-36; 3:21; 7:55, 56; Rom. 8:34; Ef. 1:19-23; 4:8-10; Fil. 2:6-11; 3:20; 1 Ts. 1:10; 4:16; 1 Tim. 3:16; Heb. 1:3, 13; 4:14; 6:20; 7:26, 27; 8:1; 9:24; 10:12, 13; 12:2; 1 Jn. 2:1; Ap. 5:5-14; 6:9-17; 7:9-17; 14:1-5; 19:11-16). Como se puede notar, los apóstoles y los escritores del N.T. dieron testimonio genuino de la ascensión de Cristo al cielo y esto fue lo que proclamaron.

III. El significado de la ascensión
La ascensión señaló el fin de su ministerio terrenal. Así como Cristo había venido como hombre, nacido en Belén, también ahora él había retornado al Padre. Este hecho marcó el retorno a su gloria manifiesta, la cual estaba oculta en su vida terrena aún después de su resurrección. Su entrada en los cielos fue un gran triunfo, significando el final de su obra en la tierra y una entrada dentro de su nueva esfera de trabajo a la diestra del Padre como abogado, mediador e intercesor en los cielos a favor de los que creen en su nombre y en su obra de salvación.

La posición de Cristo en los cielos es de señorío universal, mientras espera su último triunfo en su segunda venida para reinar sobre la tierra por mil años (este tema de ampliará en otro estudio); así pues, se presenta frecuentemente a Cristo a la diestra del Padre (Sal. 110:1; Mt. 22:41-46; Mr. 16:19; Lc. 22:66-71; Col. 3:1; 1 Ped. 3:22). El trono que Cristo ocupa en los cielos es el trono del Padre; no debe confundirse con el trono davídico, el cual es terrenal. La tierra aún espera el tiempo cuando el planeta será hecho el estrado de sus pies y su trono será establecido sobre la tierra (Mt. 25:31). Su posición presente es, por supuesto, de honor y autoridad, y manteniéndose siempre como Cabeza de la Iglesia.

martes, 15 de septiembre de 2015

Dios el Hijo Parte V


- Su Resurrección

I. La resurrección en el A.T.
La doctrina de la resurrección de todos los hombres, así como la resurrección de Cristo, se enseña en el A.T. La doctrina aparece tan tempranamente como en el tiempo de Job, probablemente un contemporáneo de Abraham, y se expresa en su declaración de fe en Job 19:25-27: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí”. Aquí Job afirma no solamente su propia resurrección personal, sino la verdad de que su Redentor vive y que se manifestará en su vida. Además, en el N.T. se revela cómo todos los hombres serán al fin resucitados (Jn. 5:28, 29; Ap. 20:4-6, 12, 13).

Por otra parte, hay muchas referencias específicas en el A.T. que anticipan la resurrección del cuerpo humano; por ejemplo, en Job 14:13-15; 17:15; 49:15; Is. 26:19; Dn. 12:2; Os. 13:14. Otra mención interesante la hallamos en el Sal. 16:9, 10, donde el salmista David declara: “Se alegró, por tanto, mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción”.  Aquí David no solo muestra que él espera personalmente la resurrección, sino que sus palabras también aplican a Jesucristo, porque él no estaría en la tumba el tiempo suficiente para que su cuerpo se corrompiera. Este pasaje es citado por Pedro en Hch. 2:24-31 y por Pablo en Hch. 13:34-37 señalando la resurrección de Cristo.

Asimismo, la resurrección de Cristo se menciona también en el Salmo 22, donde Cristo declara de forma profética que él anunciará su nombre a sus hermanos (Sal. 22:22). En el Sal. 118:22-24 la exaltación de Cristo de convertirse en la piedra angular se define en Hch. 4:10, 11, resaltando la resurrección de Cristo como prueba de su divinidad. Además, la resurrección de Cristo se encuentra anticipada en la tipología del A.T. en el sacerdocio de Melquisedec (Gn. 14:18; Heb. 7:15-17, 23-25).

En síntesis, la doctrina de la resurrección de todos los hombres, tanto como la resurrección de Cristo, se establece así desde el A.T.

II. Las predicciones de Cristo de su propia resurrección
Frecuentemente, en los evangelios, Cristo predice ambas cosas, su propia muerte y su resurrección (Mt. 16:21; 17:22, 23; 20:17-19; 26:12, 28-32; Mr. 9:30-32; 14:28; Lc. 9:22; 18:31-34; Jn. 2:19-22; 10:17, 18). Las predicciones son tan frecuentes, tan explícitas y dadas en tan numerosos y diferentes contextos que no puede haber duda alguna de que Cristo predijo su propia muerte y resurrección, y el cumplimiento de estas predicciones verifica la exactitud de la profecía. Si no fuese real y preciso que Cristo resucitó, entonces tendríamos que concluir que el cristianismo sería una farsa y que Cristo sería un personaje falso y mentiroso; sin embargo, en el punto que sigue veremos que Cristo ciertamente cumplió sus promesas y se levantó entre los muertos, y hay múltiples pruebas de ello.

III. Pruebas de la resurrección de Cristo
El N.T. presenta pruebas históricas auténticas de la resurrección de Cristo; a continuación, revisemos las apariciones y las revelaciones de Cristo que ocurrieron después de su resurrección:

1. Aparición a María Magdalena (Jn. 20:11-17; Mr. 16:9-11).
2. Aparición a María Magdalena y a la otra María (Mt. 28:9, 10).
3. Aparición a Pedro (Lc. 24:34; 1 Cor. 15:5).
4. Aparición de Cristo a los diez discípulos, que se refiere colectivamente como «los once», estando Tomás ausente (Jn. 20:19-24).
5. Aparición a los once discípulos una semana después de su resurrección, estando presente Tomás (Jn. 20:24-29).
6. Aparición a siete de los discípulos en el Mar de Galilea (Jn. 21:1-23).
7. Aparición a los quinientos creyentes (1 Cor. 15:6).
8. Aparición a Santiago el hermano del Señor (1 Cor. 15:7).
9. Aparición a los once discípulos en la montaña en Galilea (Mt. 28:16-20; 1 Cor. 15:7).
10. Aparición a sus discípulos con ocasión de su ascensión desde el Monte de los Olivos (Mr. 16:14; Lc. 24:36-53; Hch. 1:1-9).
11. Revelación a Esteban del Cristo resucitado y sentado a la diestra de Dios, momentos antes de su martirio (Hch. 7:55, 56).
12. Aparición a Pablo en el camino a Damasco (Hch. 9:3-6, 27; 22:6-11; 26:12-18; 1 Cor. 15:8).
13. Aparición de Cristo a Pablo en el templo (Hch. 22:17-21).
14. Aparición de Cristo a Pablo cuando estaba en prisión (Hch. 23:11).
15. Aparición de Cristo al apóstol Juan (Ap. 1:9-20).

El número de estas apariciones, la gran variedad de circunstancias y las evidencias que confirman todo lo que rodea a estas apariciones, constituyen la más poderosa evidencia histórica de que Cristo se levantó de los muertos.

Además de las pruebas que nos dan sus apariciones, puede aún citarse más evidencia que sostiene este hecho:

*La tumba estaba vacía después de su resurrección (Mt. 28:6; Mr. 16:6; Lc. 24:1-12; Jn. 20:1-8).
*Los testigos de la resurrección de Cristo no eran gente tonta ni fácil de engañar. De hecho, ellos eran lentos para comprender la evidencia (Jn. 20:9-29) pero una vez convencidos de la realidad de su resurrección, deseaban morir por su fe en Cristo y así lo hicieron según los registros de la historia universal.
* Es también evidente que hubo un gran cambio en los discípulos después de la resurrección y su pena fue reemplazada con gozo y fe debido a las apariciones del Cristo resucitado.
* Más adelante, el libro de los Hechos testifica del poder divino del Espíritu Santo en los discípulos después de la resurrección de Cristo, el poder del evangelio el cual ellos proclamaron, y las evidencias de los milagros que Dios hizo a través de ellos de forma reiterativa.
* El día de Pentecostés en Jerusalén es otra prueba importante, ya que el Espíritu Santo descendió sobre 120 discípulos de Cristo y hablaron en lenguas diversas que nunca habían estudiado, proclamando las maravillas de Dios; luego, el apóstol Pedro predica del Cristo resucitado y tres mil judíos creen en Cristo, en su muerte y en su resurrección, y son bautizados en Cristo.
* Por otro lado, la costumbre de la Iglesia primitiva de observar el primer día de la semana para reunirse (el domingo), el momento de celebrar la Cena del Señor y traer sus ofrendas, es otra evidencia histórica (Hch. 20:7; 1 Cor. 16:2).
- El mismo hecho de que la Iglesia primitiva nació y se desarrolló a pesar de la persecución y muerte de los apóstoles, es una evidencia de que los discípulos y los nuevos creyentes tenían la completa certeza de la resurrección de Cristo.
- El evangelio ha sido predicado durante aproximadamente dos mil años, millones de personas han creído en Cristo y experimentan que él está vivo; todo aquel que ha invocado el nombre de Cristo y ha puesto su confianza en él de verdad, ha tenido la bendición de recibir una nueva vida, sus pecados han sido perdonados, su forma de pensar, hablar y vivir ha sido renovada, y la presencia de Cristo se ha hecho real en su corazón. Todo esto y más evidencia claramente que Cristo no se quedó en la tumba como muchos pensadores, líderes y religiosos de la historia (Buda, Mahoma, Confucio, etc.). Él está vivo; la promesa de la Biblia y de Dios es que todo aquel que invoca su nombre y cree en él, tendrá una experiencia personal y genuina con su amor, su gracia y su perdón. Si todavía no lo has experimentado, te invito a que invoques su nombre y reconozcas que él es el único y suficiente Salvador, que perdona tus pecados y cambia tu vida para que seas una nueva criatura y realmente puedas agradar a Dios en toda tu manera de vivir. Ya no tengas más culpas ni temor si confías en su sangre y en su obra en la cruz, porque llevó todos tus pecados y te dará vida eterna.

IV. Razones para la resurrección de Cristo

Por lo menos pueden citarse siete razones importantes para la resurrección de Cristo:

1. Cristo resucitó debido a quien es él: el Autor de la vida (Hch. 2:24; 3:15).
2. Cristo resucitó para cumplir con el pacto de Dios con David (2 Sam. 7:12-16; Sal. 89:20-37; Is. 9:6, 7; Lc. 1:31-33; Hch. 2:25-32).
3. Cristo resucitó para ser el dador de la vida resucitada a los creyentes en la gloria eterna de Dios (Jn. 10:10, 11; 11:25, 26; Ef. 2:6; Col. 3:1-4; 1 Jn. 5:11, 12).
4. Cristo resucitó de modo que él sea la fuente del poder de la resurrección (Mt. 28:18; Ef. 1:19-21).
5. Cristo resucitó para ser la Cabeza sobre la Iglesia (Ef. 1:22, 23).
6. Cristo resucitó para que nuestra justificación sea cumplida (Rom. 4:25).
7. Cristo resucitó para ser las primicias (el comienzo, el primer fruto) de la resurrección (1 Cor. 15:20-23).

V. El significado de la resurrección de Cristo


La resurrección de Cristo, a causa de su carácter histórico, constituye la prueba más importante de la deidad de Jesucristo. Esta fue una gran victoria sobre el pecado y la muerte, y es también una prueba de la validez del poder divino, como está declarado en Ef. 1:19-21. Dado que la resurrección es una doctrina tan sobresaliente, el primer día de la semana en esta dispensación ha sido apartado para la conmemoración de la resurrección de Jesucristo, y, de acuerdo a ello, toma un lugar primordial en el cristianismo. La resurrección es, por lo tanto, la piedra angular de nuestra fe cristiana, y como Pablo lo expresa en 1 Cor. 15:17: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”. Por haber resucitado Cristo, nuestra fe cristiana es segura y eficaz, la victoria final de Cristo es cierta y nuestra vida está completamente justificada ante Dios.